Bonito, meca del ecoturismo en Brasil

Desde la tienda que ofrece jaboncitos y sales de baño con extractos de plantas sacadas del Mato Grosso, puedo ver a una niña de piel canela agitando su faldita con la samba, justo frente al escenario que terminaron de levantar sólo un rato antes del desfile.

Bonito hoy está de cumpleaños. Son cincuenta y cinco años, y los que no se ven otras noches caminando por Pilad Rebuá, la pequeña calle principal del pueblo, ahora están aquí, tomando una Skol bien fría esperando a que uno de sus amigos pase enfrente, para chocar sus cervezas y seguir sonriendo.

A 290 kilómetros de Campo Grande, la capital del Estado de Mato Grosso do Sul, nadie corre ni grita ni se preocupa demasiado por nada. Bonito está menos maquillado que cualquier postal carioca.

Cambio para crecer

Hace diez años, Bonito era un pueblito más en la ruta de los camioneros que van del Mato Grosso al este de Bolivia o al norte de Paraguay. Pero Bonito supo que podía ofrecer una atractiva ecuación de relajo, deportes, ecología y aventura.

La gente de Bonito sabe lo que tiene y cómo venderlo. Y como está capacitada, sabe cómo cuidarlo. Sólo algunos metros de los lechos de los ríos se pueden pisar. Ninguna piedra con la coloración verdosa que da la existencia de un microsistema se puede tocar. No se permite el uso de trípodes en las cavernas. Nadie puede cazar ni pescar dentro de los predios turísticos. Está claro: la etiqueta de turismo ecológico responde a una realidad.

Nuestro guía Marcio sonríe cuando se da cuenta del signo de sorpresa y desconcentración que el pequeño reptil provoca en mi cara. “Tranquiiilo, se come a los bichos”, dice. Oí tantas veces la palabra tranquilo. “Trankuiiilo amigo”: una filosofía de vida. Te apuras, y tranquilo. Preguntas mucho, y tranquilo. Estás a punto de lanzarte en cuerda como nunca lo has hecho sobre un acantilado de 72 metros, que termina en una fría laguna del tamaño de una cancha de fútbol, con 80 metros en su parte más profunda, donde bucearás a 18 metros entre formaciones calcáreas enormes, las mayores en agua dulce del planeta, y tienes que estar tranquilo.

Muchas cosas se pueden hacer en Bonito. La lista es larga y motivante: rapel y buceo autónomo en cavernas, trekking por el Mato Grosso, snorkeling, natación y rafting de dificultad moderada por ríos cristalinos y cascadas naturales, observación de aves, peces y animales en su hábitat, adrenalínicas jornadas de cabalgatas y cuatriciclo en medio de la selva, arborismo o travesías en tirolesas, excursiones por grutas milenarias con lagunas subterráneas, safaris fotográficos por el Pantanal, y una noche que si bien no revienta, es capaz de romper la habitual calma.

La visita a las grutas de San Miguel y del Lago Azul es imperdible. La primera es una blanca catedral iluminada en algunos sectores, con esculturas naturales de más de 600 millones de años, donde se puede testificar la evolución de nuestro planeta.

A la segunda caverna se llega después de un descenso de cien metros, por un húmedo camino de rocas milenarias. En la mitad se ve una laguna de cerca de 80 metros de profundidad, de un color profundamente azulado.

Tres sapos dormirán esta noche en la cabaña de la Hacienda San Francisco que ocupamos, a 170 kilómetros al norte de Bonito, en el acceso meridional de Pantanal, la mayor superficie inundada del planeta. El lugar donde el jurásico Mar de Xaraés dejó de recuerdo un paraíso animal en el que conviven 230 especies de peces, 650 de aves, 80 de mamíferos y 50 de reptiles, que se dejan ver y alimentar. Un botón: con una caña y un pedazo de grasa se consiguen fácilmente pirañas que sirven para saciar el apetito de una familia de tres yacarés, una de las especies más feroces de la fauna global.

Fuente: Werne Núñez

 


 

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